Instantes...
No hacía mucho nos habíamos despedido con un "hasta siempre" que sonó a eternidad, a palabra sin sentido para una mujer que descubre que el tiempo pasa volando cada vez que el espejo denota una cana. Sigo acertando siempre. La eternidad había llegado justo antes que el colectivo, justo en el mismo momento en que sentí las tripas revueltas dentro de un subibaja de emociones... y acá estás, empapado en la vereda de enfrente, con los brazos caídos, inmóvil frente al ¿destino?, mirándome sin saber qué hacer. Y yo me quedo pensando si un "hasta siempre" será una excusa para dar vuelta la cara y hacer de cuenta que no te vi. Pero no puedo. Me da cosa verte indefenso bajo la lluvia, como si unas simples gotas de agua fueran capaces de hacerte más daño del que nos hicimos en algún momento. No puedo desviar la mirada y adopto tu posición olvidando por completo que mi paraguas está abierto casi al ras del suelo. Los autos pasan a toda velocidad ignorando que nos miramos como si fuera la última vez, y de golpe siento vértigo. La distancia entre nosotros parece hacerse mayor justo con la velocidad de los autos. La avenida se ensancha queriendo alinearse con la eternidad. Tiempo y espacio. Eternidad y avenida. Dos muros aparentemente impenetrables separan mi caricia de tu rostro mojado. Dos muros indestructibles separan tu boca de mi frente. Dos muros tan estúpidos como el orgullo que sentimos desde aquella tarde de invierno.
Sigo siendo la misma tonta de siempre; la que da el primer paso porque no cree en ciertas cosas, porque no cree ni un ápice en las despedidas definitivas más allá del daño y el dolor. Cargo muchas cruces en mi espalda y es que no creo en la perfección. Fallo como cualquier persona. Me equivoco y sé reconocerlo. Me matas y no siempre me fortaleces, pero sobrevivo. Y sigo siendo tonta. No me importa, soy así, y sé que puedo hacer angosta la avenida y resumir la eternidad a segundos. A milésimas de segundos. Será mi mérito demostrarte que no he cambiado, será mi mérito que sepas que, en tu ausencia, supe ser la misma que siempre fui, sin caretas, la que sabe dar el primer paso aún frente al orgullo.
Bajo un pie a la calle y el colectivo estaciona delante mío coartando mis ganas y mi disposición. Regreso el pie a la vereda. No entiendo cómo hice para perderte en una mirada. No puedo entender cómo volví a perderte en un instante. Agacho la cabeza con los ojos nublados mientras veo avanzar la nada misma frente a mi nariz. Me quedo más inmóvil que antes, sin saber si gritar, correr o sentarme en el cordón de la vereda a pensar por qué no habré pasado por allí cinco minutos antes, o a pensar por qué tuve que pasar por allí justo esta tarde. Me siento cobarde a la vez que perdida. Levanto la vista para grabar el instante en el que desapareces por completo... y ahí estás, todavía en la parada, sonriéndome con la boca y la mirada, para que mi rostro entero se ilumine y te recuerde lo que significa para mi un minuto de felicidad cerca tuyo...
Lo volviste hacer otra vez, lo que te hace bien te hace mal, pareces una flaca de exactas explicando lo que no hay que explicar. Esa cruz que llevas en la espalda, nena, te la voy a quemar.
Me salió esa canción en un '' instante''.
Te quiero mucho.