Restos de un delirio (III/MMXI)
Las sobras muertas de un domingo agónico caen sobre un mazo de cartas rotas, lo aplastan, lo reducen a nada. El mazo sin cartas ya no es mazo; el domingo agónico perece a la misma hora que la carroza se vuelve calabaza y ya no es domingo ni nada. La mujer de la garganta desgarrada susurra cargada de penas, grita leve de amores en el silencio de la habitación, una habitación marcada por el vacío que provocan los aromas superfluos a conquistas irreales.
Su cuerpo se inunda de aromas entrañables y está dispuesta a todo. Se cose las heridas sin anestesia, se quita los zapatos y camina sobre agujas letales, pero no teme la muerte, busca tomar de la mano a cualquier deseo que se presente a la mañana siguiente. Los tréboles nunca fueron de cuatro hojas, pero ella no cree en la buena suerte, su suerte depende de su capacidad para volar más allá del limbo, aun cuando no supiera de qué lado del limbo se encuentra en realidad. Se mete en el laberinto de juegos olvidados y recuerda, se acopla a los juegos, no sólo es jugadora, es juego y delirio. Pulula entre enredaderas de sueños, descansa levitante con su cabeza apoyada en la luna. "La suerte está echada". Acaricia los cabellos del viento y los lunares del alba; arremete de lleno contra la estúpida norma y traspasa el umbral de lo prohibido. Repite en su mente la maldita frase "no te deshagas de los proyectos" y se llena de drogas. Una pastilla para la felicidad, una para curar las mentiras, dos pastillas para olvidar y una pastilla más para volver a confiar... para volver a confiar que nada es lo que parece, que todo se transforma, que se puede dejar de ser feliz sólo a tiempo parcial. Se engaña.
La mujer de la garganta desgarrada aspira un olvido, susurra un "te amo", entrega su cuerpo a nuevas mentiras -conscientes mentiras-, y mientras piensa en apuestos caballeros sin armaduras ni armas, suspira un último deseo y cae derrotada por la misma nada en la que se convirtió un mazo de cartas durante algún domingo de algún mes de este mismo año en la Ciudad de Buenos Aires.
Ahora el lápiz deambula solitario sobre el papel para desaparecer del árbol que lo parió...
Siempre hay labial rojo en el botiquín...
Oh, sí, siempre...
;)